Thursday, July 8, 2010

La batalla de la eñe

La batalla de la eñe

EL PAIS, 07/07/2010

Barack Obama tiene una grave deuda con la comunidad iberoamericana de
Estados Unidos. Y, pese al abarrotado plato de expectativas y abruptas
operaciones en curso, el presidente norteamericano ha dado la primera
indicación de que piensa honrarla. Mientras en Arizona se aprobaba una
ley que hacía norma el hostigamiento de los llamados latinos, prometía
una ley que regulara el establecimiento de los inmigrantes, así como
combatiese, por hacerla menos necesaria, la inmigración ilegal.

Los blancos votaron en las presidenciales de 2008 por el candidato
republicano John MCain, y a Obama le dieron idéntico porcentaje (47%)
que en 2002 al aspirante demócrata John Kerry, resultado honorable
pero insuficiente. El voto negro aumentó, pero no podía ser decisivo
porque cualquier candidato demócrata obtiene muy mayoritariamente ese
sufragio. El voto hispano, en cambio, que se dobló, decantándose
abrumadoramente por Obama, hizo la diferencia. Y de cómo se regule el
número creciente de ciudadanos de ese origen -contando indocumentados,
más de 40 millones de 315 millones de habitantes- dependerá uno u otro
futuro de Estados Unidos. Aunque el lingüístico es solo uno de los
campos en los que se forjará ese futuro, en los próximos 50 años
parece claro se va a librar la "batalla de la eñe".

La fundación de Estados Unidos es atribuible a un puñado de
calvinistas anglosajones procedentes de Holanda, donde se habían
refugiado huyendo de la persecución de la Iglesia anglicana, a
comienzos del siglo XVII. Hacia 1800, con dos décadas de
independencia, la mayoría anglosajona y protestante era absoluta y el
ethos de esos grandes devoradores de la Biblia del rey Jaime es
todavía un componente básico de la mitología nacional de la
intelectualidad norteamericana. Los blancos -no solo anglos, sino de
cualquier origen europeo- apenas superan, sin embargo, el 60% de la
población y el resto lo forman un 14% de hispanos -que van del blanco
cubano de Miami al negro caribeño-, un 11% de afroamericanos y un
salpicado de asiáticos y naturales de los archipiélagos del Pacífico.

Ese ethos se expresaba de manera ejemplar por su claridad y lastimosa
por su racismo en un libro de 2003, Who we are, de Samuel P.
Huntington, el que profetizó que la III Guerra Mundial la librarían
Occidente y el islam, y a quien los neocon y el integrismo salafista
se empeñan en hacer bueno. El autor contempla una realidad en la que
las virtudes capitalistas del puritanismo, la religión cívica del
individualismo posesivo, de la "ciudad radiante sobre la colina", que
solo podía ser Estados Unidos, se vea anegada por una marea, tornasol
de raza, sin la ética laboral de Max Weber, dominada por la
superstición religiosa del papismo. Y en el frente lingüístico esa
encantación encontraba aliados como el mexicano de origen rumano Illa
Stavans, profesor de universidad que pugna por destruir el español
elevando a la categoría de idioma un implante llamado spanglish, en el
que ha editado novelas, compilado una gramática, traducido el Quijote,
y que defiende como lengua de la emigración latinoamericana en el
país. Ese mestizaje lingüístico no es mejor ni peor que cualquier
presunta pureza, pero, todo menos un idioma, constituye una operación
política contra el español.

La batalla no está ganada ni perdida de antemano porque la inmigración
dista mucho de ser uniforme. Los braceros chicanos, el trabajador
agrícola, son de baja densidad cultural, y a la tercera generación su
español suele deambular por una ignota tierra lingüística de nadie. La
mayor parte de Miami habla, en cambio, un español cubano, enriquecido
o modificado por el inglés circundante, pero que mantiene todo su
sentido. La lengua de la derecha anticastrista, de los profesionales
que huyeron de Cuba, es dominante en la sociedad y por ello,
transmisible de generación en generación. La situación de esa minoría
-la cubana- dentro de una minoría -la hispana- no es tan diferente de
la de Puerto Rico a un siglo y pico de la conquista. En los primeros
20 años del siglo XX los puertorriqueños hallaron todos los
incentivos, morales, políticos y materiales, para operar dos grandes
trueques: el inglés por el español y el protestantismo por el
catolicismo. Pero la tentativa fracasó.

Tanto si el español se salva como si no en Estados Unidos, el
ingrediente latinoamericano cambiará el país en el siglo XXI. Obama,
que no es Huntington ni Stavans, tendrá mucho que decir sobre la
integración de la humanidad que sube del mediodía. Y España no puede
permanecer indiferente a esa realidad.

<http://www.elpais.com/articulo/internacional/batalla/ene/elpepiint/20100707elpepiint_8/Tes>

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