Tuesday, April 21, 2009

Su casa y su ciudad

Orhan Pamuk sobre su casa y su ciudad natal:

Desde el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido. Sé que el hecho de que cincuenta años después siga viviendo en el edificio Pamuk (a pesar de haber residido entretanto en otros lugares de Estambul), el mismo lugar en que mi madre me cogió en brazos y me mostró el mundo por primera vez y donde me hicieron las primeras fotos, tiene que ver con la idea del otro Orhan en otra parte de Estambul, con ese consuelo. Y también percibo que mi historia es la que me hace especial, y, por lo tanto, también a Estambul: el haber permanecido cincuenta años en el mismo lugar, incluso en la misma casa, en una época condicionada por la multitud de emigraciones y por la creatividad de los emigrantes. "Sal un poco a la calle, ve a otro sitio, viaja", me decía siempre mi madre, abatida.

Hay autores, como Conrad, Nabokov o Naipaul, que han conseguido escribir con éxito cambiando de lengua, de nación, de cultura, de país, de continente e incluso de civilización. Y sé que, de la misma forma en que su identidad creativa ha ganado fuerza con el destierro o la emigración, lo que a mí me ha determinado ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad. Esa dependencia de Estambul significa que el destino de la ciudad era el mío porque es ella quien ha formado mi carácter.

Flaubert, que cuando vino a Estambul ciento dos años antes de que yo naciera, se quedó muy impresionado por las multitudes que poblaban la ciudad y por su heterogeneidad, escribió en una carta que creía que Constantinopla sería la capital del mundo cien años más tarde. Al desplomarse y desaparecer el imperio otomano, aquella profecía se cumplió justo al revés. Cuando nací, Estambul vivía los días más débiles, pobres, aislados y alejados del mundo de sus dos mil años de historia teniendo en cuenta su posición relativa en el mundo. La amargura que proporcionan la sensación de hundimiento que dejó el imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de toda mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin y como todos los demás estambulíes, asumiéndola.

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar y el momento en que ha nacido. ¿Qué significa que yo haya nacido en tal fecha en tal rincón del mundo? ¿Han sido una elección justa esta familia, este país y esta ciudad que se nos ha otorgado como si nos hubieran tocado en la lotería, que esperan que los amemos y a los que por fin conseguimos amar de todo corazón? A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura. (Pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte.) En lo que respecta al dinero, ocasionalmente pienso que he sido afortunado por haber nacido en una familia pudiente. (Aunque también se ha dicho lo contrario.) Pero la mayor parte de las veces, de la misma manera como me he convencido de que no debo quejarme de mi cuerpo (ojalá fuera algo más apuesto y de constitución más robusta) ni de mi sexo (¿sería menor problema la sexualidad si fuera mujer?), comprendo que Estambul, donde nací y donde he pasado toda mi vida, es para mí un destino incuestionable. Este libro es sobre ese destino...

Orhan Pamuk, Estambul (Barcelona, 2006), págs. 15-17.